El ser humano tiene en común con los virus el estar en el punto más alto de la evolución. La idea darwiniana de evolución nos obliga a pensar en organismos complejos con características especiales, pero esto corresponde a sólamente una parte de la realidad.
La idea darwiniana de evolución nos obliga a pensar en organismos complejos con características especiales y avanzadas, las cuales han adquirido a través de la selección natural de las especies durante miles o millones de años. Este esquema de pensamiento corresponde a sólamente una parte de la realidad y es válido sólamente para aquellas especies en las cuales predomina la fuerza conservadora-egoísmo (ver Manuel de la Herrán), es decir, la mayor probabilidad de supervivencia, y por tanto de reproducción, que tienen aquellos organismos que son capaces de resolver un problema en este momento. Sin embargo, cuando el entorno para el cual han sido preparados los organismos cambia de manera dramática, los organismos egoístas son incapaces de sobrevivir debido a la carencia de mecanismos de defensa que previamente no eran necesarios. Pero, ¿Para qué generar un mecanismo de defensa que jamás será usado? ¿Es realmente necesario inventar los misiles tierra aire si no hay misiles en el cielo? Para una visión francamente conservadora-egoísta, lo anterior no tienen ningún sentido, pero para su contraparte, la fuerza exploradora-altruísta, es su principio de existencia y la base para la supervivencia de la progenie de los organismos que dependen de ella.
La fuerza conservadora-egoísmo predomina en los organismos evolucionados según la visión darwinista por una sencilla razón: es excepcionalmente raro que su medio ambiente sufra una transformación tan brusca que no permita su supervivencia y, al suceder los cambios de forma gradual, hay oportunidad para que el remanente de exploración-altruísmo provea de progenie adaptada capaz de sobrevivir y procrear. En las especies "inferiores" sucede lo contrario: existe una tendecia tal hacia la exploración-altruísmo que continuamente provee de organismos inadaptados para su entorno actual pero preparados para un eventual cambio en el entorno. La gran mayoría de estos inadaptados jamás dejarán de serlo y perecerán al no estar preparados para las condiciones actuales. Sin embargo, en los organismo "inferiores" sí existe una gran probabilidad de que su entorno cambie bruscamente, como al transferir una colonia de bacterias de un caldo de cultivo ideal a otro menos favorable; sólo aquellas bacterias inicialmente inadaptadas lograrán sobrevivir y reproducirse en el nuevo caldo de cultivo. Podemos entonces ver que a mayor complejidad orgánica predomina la fuerza conservadora-egoísta y que solo a través de periodos de tiempo excesivamente grandes se deja ver la fuerza exploradora-altruísta y que solo así puede explicarse la teoría darwiniana de la evolución. Los dinosaurios, quienes se encontraban en la punta de la evolución hace millones de años, sucumbieron ante el entorno hostil que se creó tras la colisión de un meteorito con la tierra, pero los microorganismos, seres instintivamente exploradores-altruístas, lograron sobrevivir y continuar la vida en nuestro planeta gracias a la existencia de aquellos que se mostraban inicialmente inadaptados.
Los seres vivos en los que predomina la fuerza conservadora-egoísta adquieren sus nuevas características, como dijimos, a lo largo de mucho tiempo y de forma gradual, con lo cual se van haciendo complejos, grandes y de difícil mantenimiento. Por el otro lado, tenemos a los seres vivos que prefieren la vía de simplificación, el deshacerse de todas aquellas características que no les son completamente imprescindibles para su supervivencia y reproducción. No les interesa una larga vida, sólamente la necesaria para poder procrear. No son seres que deban entenderse como individuos, sino colectivamente. En realidad no importa la perpetuación de la especie con las mismas características, sino sólamente la perpetuación. Son seres minimalistas. Para ellos todo exceso es innecesario. Mientras que los organismos conservadores-egoístas crean complicados sistemas digestivos, respiratorios y auditivos para asegurar su subsistencia, los organismos altruistas sólamente pretenden retener un mecanismo para evitar la degeneración de su información genética y la capacidad de reproducirse. El grado máximo de la exposición anterior son los virus, quienes se han despojado de prácticamente todos sus elementos para mantener únicamente su ADN o ARN y un sencillo mecanismo para protegerlo. Los virus han llegado al punto en que requieren forzosamente la existencia de un huésped que les facilite la maquinaria necesaria para su reproducción. Recientemente los biólogos han tenido problemas en la clasificación de los priones como organismos vivos, ya que éstos carecen, incluso, de información genética. Los virus y organismos "inferiores" nos plantean otro tipo de evolución: una evolución inversa.
Desde un punto de vista meramente práctico, los organismos complejos dependen de la reproducción sexual para la adquisición de nuevas o mejoradas características, mientras que los organismos minimalistas dependen del número y del error. La maquinaria de replicación del ADN de los organismos superiores es sumamente precisa, con una tasa de error cercana a cero; a través de la meiosis (reproducción sexual con intercambio de segmentos de genes) adquieren la posibilidad de variantes en su especie. Debido a la baja probabilidad de error, la alta probabilidad de supervivencia y a lo complicado que estos organismos son, las generaciones son pequeñas, de uno o unos cuantos individuos. Por el contrario, los organismos simplistas poseen una maquinaria de replicación de ADN extraordinariamente deficiente, con tasas de error altísimas que provee una cantidad de mutaciones por generación impresionante, que tiene por objetivo generar variantes que probablemente serán útiles y favorecidas. Esta alta tasa de mutaciones es resultado de una velocidad de replicación exageradamente alta, con lo cual logran generaciones de cientos o miles de individuos nuevos. La gran mayoría de las variantes generadas no serán viables, serán incompatibles con la vida, pero se lograrán algunas mutaciones que, en caso necesario, garantizarán la perpetuación de la especie, con lo que el objetivo inicial de los organismos exploradores-altruístas está alcanzado.
Ahora bien, la gran mayoría de las especies mueren como consecuencia de la acción de sus depredadores naturales o por un entorno hostil que impide su crecimiento. A menor complejidad del organismo, lo anterior se torna más cierto. Esto es porque los organismos conservadores-egoístas buscan la forma de sobreponerse a las adversidades de su medio y de evadir la depredación. Con de un pensamiento extremista, un depredador en un medio ambiente ideal, sería inmortal. Lo anterior sería cierto si no fuera por un pequeño detalle: la vejez. Debido a la gran complejidad lograda por los seres vivos que han elegido el camino conservador-egoísta, los sistemas generados no están exentos de errores y/o efectos colaterales. Por lo tanto, problemas como la oxidación de las membranas celulares, degeneración tisular, arterioesclerosis, radicales libres, etc., son consecuencia de estrategias inicialmente favorables para el individuo. Parece ser que la Evolución se ha visto obligada a encontrar una forma de depurar aquellos individuos que ya no resultan productivos. Si ni el entorno ni los depredadores han logrado terminar con la vida del individuo en cuestión, ya no está en una edad fértil adecuada, y no aporta ya nada evolutivamente hablando, ¿qué objeto tiene conservarlo? (Lo anterior no es completamente aplicable al ser humano, porque nos hemos salido por una tangente: podemos ser productivos a pesar de no ser fértiles; pero, pensando sólamente en términos evolutivos, es completamente comprensible). Dichas cuestiones ya han sido formuladas antes por Dawkins. Los seres simplistas no envejecen, simplemente no les da tiempo, perecen antes de hacerlo, víctimas del entorno o de depredadores, entre ellos los antibióticos y antivirales. No necesitan la vejez, no la han codificado en sus genes ni su complejidad la ha generado. Una vez más la necesidad de una progenie numerosa con altas tasas de mutaciones.
Por lo tanto, no es prudente cuestionarnos qué tipo de evolución es mejor que otra. Son simplemente caminos distintos de lograr el mismo objetivo: perpetuar la especie. Si pensamos que los organismos complejos dominamos al planeta porque los humanos, al pertenecer a este grupo, somos el punto más alto de nuestro camino evolutivo, estamos en un error. Desconocemos perfectamente qué opinarían, de manera colectiva, los virus y las bacterias.
Sobre el autor
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Luis Concha nació en Querétaro (México) en 1977. Es médico cirujano egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, México. Actualmente trabaja como médico general y está comenzando su doctorado en bio-ingeniería. Ha escrito diversos artículos sobre Medicina y Neurología, y se encuentra colaborando en la elaboración de un libro que desarrolla el enfoque Neuro-fisiologíco de los sentidos (Gusto, olfato, visión, oído y tacto).
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