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ISSN: 1579-0223
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De filosofías y filósofos

Guillermo Fárber
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Los descubrimientos de la ciencia sobre la composición del universo son cada vez más y más parecidos a las enseñanzas que las doctrinas orientales del espíritu llevan treinta siglos repitiendo.




El tao de la física

El libro de ese nombre se publicó hace treinta años. Yo lo compré en Boston hace unos 27. Lo he leído varias veces. Siempre me deslumbra, me maravilla, me sorprende, me asusta incluso. Y no por el estilo o el argumento o los personajes o el suspenso o ninguna otra característica "literaria". De hecho no tiene tal característica; es más: debe no tenerla puesto que es un libro tipo ensayo (lo que los gringos llaman non-fiction).

Mi deslumbramiento no es, pues, porque el autor, Fritjof Capra, como Borges, cada día escriba mejor. Es porque lo que dice me asombra una y otra y otra y otra vez, siempre como si fuese la primera vez que leo esos datos en apariencia tan simples.

En resumen, la tesis del libro es que los descubrimientos de la ciencia sobre la composición del universo son cada vez más y más parecidos a las enseñanzas que las doctrinas orientales del espíritu llevan treinta siglos repitiendo. Y conste que el libro trata de la ciencia física en el estado de avance que tenía hace treinta años. Entiendo que de entonces para acá la visión física del universo se ha vuelto mucho más (no menos) etérea,

Paradójica, inefable, contradictoria, pasmosa, sutil (taquiones, hoyos negros, antimaterias, dimensiones fraccionarias y demás nociones por entero fuera de las capacidades de nuestra pequeña mente racional). Es decir, esa visión científica, "moderna", es cada vez más parecida a las metafóricas, "antiguas": la hinduista, la budista, la taoísta.

La materia, por tomar el ejemplo más patente, es ya para todo científico ortodoxo lo que siempre ha sido para los místicos orientales: un inmenso vacío en el que danzan, sobre inasibles pistas de probabilidad (probabilidades ni siquiera de cosas, sino de interconexiones), partículas infinitamente diminutas que las más de las veces se comportan como ondas.

Es decir, en un sentido muy riguroso, científico, la materia que nuestra civilización occidental siempre tomó como algo sólido y concreto, no es sino "casi nada organizada" (la famosa ecuación de Einstein, básica en su teoría de la relatividad, nos dice que la materia -o más precisamente, la masa--- no es sino una forma especial de la energía). O sea, ahora las complejas y rigurosas matemáticas de la física ortodoxa nos informan que el mundo visible y tocable no es sino lo que siempre dijeron los grandes maestros del pasado, desde Lao Tsé y Pitágoras hasta Buda y los autores de los Vedas: una mera ilusión de nuestros sentidos, nuestros muy limitados sentidos (nuestros ojos, por ejemplo, sólo pueden captar un rango estrechísimo del gigantesco espectro electromagnético).

El tiempo, que todos nuestros sabios creyeron siempre lineal, determinado, uniforme, es más bien una especie de chicle cósmico, una liga estirable o encogible por fuerzas en apariencia completamente ajenas, como la de gravedad, o velocidades cercanas o distantes de la de la luz. Vaya, de hecho el tiempo ni siquiera existe por sí mismo: es solamente la cuarta dimensión de ese continuo que, a falta de mejor nombre, conocemos como espacio-tiempo. Y también ese concepto, en apariencia absurdo, lo preveían las doctrinas orientales del tiempo circular, el eterno retorno y demás conceptos metafísicos orientales que por tantos siglos le parecieron "irracionales" y "mágicos" a la mentalidad occidental.

El observador mismo, que en nuestra ingenua concepción tradicional desde Galileo, podía (y debía) aspirar a ser un factor "objetivo" en los experimentos científicos, ya había sido enteramente descalificado por la sabiduría oriental miles de años antes que quedara claro que, dentro de un formalismo científico riguroso, "no puede mantenerse la distinción cartesiana entre el Yo y el Mundo, entre el observador y lo observado; no se puede nunca hablar de la naturaleza sin hablar, al mismo tiempo, de nosotros mismos".

La riqueza de este tema da para mucho más, y creo que ciertos puntos son particularmente abordables. Pero por ahora baste con reconocer que buena parte de nuestra pretendida "superioridad" occidental, como siempre ocurre, no era más que exceso de ignorancia.


Panta rhei

Confieso que el único concepto más o menos vago que yo guardaba de mis clases universitarias sobre Heráclito era esa expresión, "panta rhei" (todo cambia), y la analogía del río. Tú recuerdas: ningún hombre se baña dos veces en el mismo río porque sus aguas son siempre diferentes a pesar de ser el mismo río, etcétera.

Tras pasar muy por encimita de Heráclito (mea culpa), por décadas me dejé seducir por las robusteces epicúreas y estoicas, las aburriciones de la patrística medieval, los formalismos kantiano y cartesiano, los delirios narcisistas de Nietzsche y Kierkegaard, los huecos laberintos de Hegel y Heidegger, las rabias entripadas de Marx y Marcuse, las inacabables polémicas entre idealistas, materialistas, positivistas, pragmatistas, estructuralistas y demás fauna dogmática, etcétera. (La única vergüenza que logré eludir fue la del existencialismo sartreano y demás artificiosidades galas que no inician con Bergson y no rematan, por desgracia, con Lacan.)

Hoy apenas comienzo a redescubrir a Heráclito y estoy simplemente pasmado, al grado de coincidir con esta opinión de Richard Hooker: "Junto con Parménides, Heráclito es probablemente el filósofo más significativo de la Grecia antigua hasta Sócrates y Platón. De hecho, la filosofía de Heráclito es quizás aún más fundamental en la formación del pensamiento occidental que la de cualquier otro pensador de la historia europea, incluyendo a Sócrates, Platón y Aristóteles."

¿Por qué me atrevo a coincidir con un juicio tan categórico? Por una razón básica. Heráclito, junto con Parménides, postuló un modelo mental de la naturaleza y el universo que sirvió de cimiento a la construcción de todas nuestras especulaciones sucesivas físicas y metafísicas. De hecho, Heráclito es el único filósofo clásico cuyas enseñanzas tienen alguna relevancia en el campo de la física cuántica actual. ¿No será nada más porque en ese entonces Heráclito y Lao Tsé sostenían lo mismo, y en los milenios siguientes los ensoberbecidos occidentales nos extraviamos por los ilusorios pasajes de la "razón"?

De los muy escasos y oscuros fragmentos que se conservan de la obra heraclitiana (no en balde sus contemporáneos le apodaron "El Hacedor de Acertijos"), capto muy pocos conceptos, y todos ellos a la vez me maravillan y perturban. En particular, los que ahora son lugares comunes en el campo de la física subatómica (y que siempre han sido parte esencial de las doctrinas hinduista, budista, taoísta, zen, sufi): la permanencia dentro de lo perpetuamente cambiante, la contradicción intrínseca en todo el cosmos, la indisoluble complementariedad de los opuestos (yin-yang), la identidad de lo incompatible, la unidad esencial de lo diverso, la noción de que todo es uno y uno es todo, la idea de que "después" va antes que "antes" y"antes" va después que "después" (y viceversa), la armonía en la diversidad, y muy en especial, la afirmación de que "bien" y "mal" son una y la misma cosa, y que "es necesario entender que la guerra es común, la contienda es habitual, y todas las cosas suceden por obra de la lucha y la necesidad".

En las desconcertantes enseñanzas de Heráclito, como en las de los místicos orientales, late, entiendo, un Principio de Principios. Logos para Heráclito; Tao para Lao Tse; Dios para otros. El nombre no es importante. Captar eso Que-Es, me parece hoy la única tarea importante del inquirir humano, muy por encima de todas esas trivialidades pomposas que con tanta ligereza llamamos "filosofía".

La palabra "window" (ventana) viene del antiguo escandinavo y significa literalmente "ojo del viento". En esa genealogía, las palabras (words) son nuestras ventanas (notoriamente insuficientes pero las únicas de que disponemos) para intentar asomarnos a este universo cambiante.

Panta rhei: Todo cambia. Dos palabritas que parecen innocuas. Ojalá me alcancen los treinta años que estadísticamente aún me faltan por vivir, para desempolvar mi cerebrito alzheimérico de 25 siglos de puñetas mentales, y empezar siquiera a vislumbrar el verdadero significado de esa expresión deslumbrante. O sea, la vieja humildad socrática citada a la sufi en un anuncio de restaurante: Yo sólo sé que no he cenado.


Wittgenstein

Como es usual en mí, de este filósofo austriaco-británico yo conocía apenas las briznas más obvias, superficiales y lugarcomunescas de su pensamiento. Ignoraba el único dato realmente importante de su vida: en los primeros años veinte del siglo pasado, Ludwig tenía pasadita la treintena de años, era pasmosamente inteligente, llevaba tres hermanos suicidados (Hans, Rudolph y Kurt), vivía en Inglaterra y, tras la muerte de su padre, era uno de los hombres más ricos de Europa.

¿Y sabes qué hizo en ese momento de juventud, riqueza y reconocimiento intelectual (era profesor en Cambridge, adonde lo llevó Bertrand Russell)? Regaló todo su dinero y de ahí hasta su muerte treinta años más tarde vivió con un modesto salario de maestro (también eventualmente se empleaba como jardinero, arquitecto, ingeniero) y se recluía durante largos periodos completamente solo en una cabaña en Noruega o en Irlanda.

La semana pasada fue tanto el aniversario de su nacimiento en 1898 como el de su muerte en 1951. Es curioso que haya nacido en Viena, igual que Hitler, apenas con unos días de diferencia de éste. Y es curioso que Wittgenstein fuese compañerito de banca escolar de don Adolf en Linz. Y es todavía más curioso que, según algún biógrafo, fuera el católico Wittgenstein (de ascendencia judía) el inspirador original de las primeras fobias antisemitas del buen Führer. Por cierto que según ese mismo biógrafo Wittgenstein fue reclutado como espía por la KGB soviética, lo cual extrañamente parece no haber sido tan improbable, aunque tampoco muy rentable que digamos.

Wittgenstein alcanzó rápidamente fama de pensador de primera línea (aunque de razonamientos a veces un tanto disparatados que hasta su padrino Russell decía no tener idea de qué se trataban). En 1922, a los 33 años y ya en Inglaterra, Wittgenstein publicó lo que se considera su obra maestra (y su único libro formal, de hecho), "Tractatus logico-philosophicus", que fue calificado de inmediato como uno de los más grandes trabajos filosóficos de todos los tiempos. En 1949 le diagnosticaron cáncer y él rechazó todo tratamiento. Se dejó morir el 29 de abril de 1951.

Qué extraña es la vida, ¿no? Wittgenstein, que nació inmensamente rico, prefirió pasar la segunda mitad de su vida en barracas alejadas de la mano de Dios para dedicarse en soledad a la especulación mental y la contemplación de la naturaleza. Y contra las hipótesis de que la pobreza es la causa del terrorismo, también otro nacido inmensamente rico y que ha preferido vivir en cuevas alejadas de la civilización, dedica su tiempo y su fortuna a entrenar asesinos, plantar explosivos plásticos y amenazar a quienes no piensan como él ("infieles", nos llama): Osama Bin Laden.

Tanto Wittgenstein como Bin Laden nacieron en el seno de familias destacadas económicamente a nivel mundial, sólo que el primero optó por arrojar billetes y el otro bombas. Uno se deshizo de su dinero y el otro lo conserva para usarlo en la forma más destructiva posible. De veras que las "explicaciones" que sólo atienden a una o dos variables para interpretar la conducta humana (lo riqueza o pobreza, en este caso) son ostentosamente insuficientes, por decir lo menos.

Las últimas palabras de Wittgenstein fueron: "Díganles que para mí esta vida fue maravillosa". Y uno se queda pensando en varias cosas: quiénes eran "ellos" a los que habría que darles ese mensaje, por qué preocuparse a esas alturas de una opinión ajena, y en qué exactamente habrá consistido lo maravilloso de su vida.

Destaco sólo una línea del pensamiento de Wittgenstein, dedicada en su mayor parte a bordar sobre las enormes limitaciones de la mente humana para conocer y, más aún, para transmitir el conocimiento. Se trata de su Aforismo 7: "Cuando no sepas de qué estás hablando, mejor guarda silencio".

Por supuesto, si yo hiciera caso de ese consejo tendría que dejar en blanco este espacio la mayor parte de las veces, lo que provocaría mi despido fulminante. Que no haga tal cosa, ya dice algo sobre mi escasa capacidad de autocrítica y sobre la curiosa necesidad que tienen los medios de llenar sus espacios y tiempos fijos a como dé lugar, sepamos o no sepamos de qué estamos hablando sus analistas-colaboradores-editorialistas-conductores-opinadores.


Sobre el autor


Guillermo Fárber ha publicado 25 libros, miles de artículos y epigramas en diversas revistas y periódicos de México desde 1969. En 1999 ganó el Premio Nacional de Periodismo por "Crónica Radiofónica" y en 2000 por "Columna Humorística" en México.com





Sobre el documento


Los anteriores artículos fueron publicados en el diario "Excelsior" de México y se publican en IIEH con el permiso del autor.





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